domingo, 17 de noviembre de 2019

MIGUEL HIDALGO, VALLADOLID, BATALLA DEL CERRO DE LAS CRUCES (VIII)




Hacia la Intendencia de Valladolid



El martes 9 de octubre en Guanajuato, Hidalgo y Allende promueven la fundición de cañones y el intento de acuñar moneda, encomendando la tarea a Rafael Dávalos. Allende organiza la incorporación del Regimiento del Príncipe, así como la creación de otros dos de infantería: uno en la Valenciana bajo las órdenes de Casimiro Chovell, y otro en Guanajuato, a cuyo frente queda Bernardo Chico. El miércoles 10 Hidalgo y Allende dejan Guanajuato por la mañana, se dirigen a Irapuato y luego a Salamanca, donde pernoctan. 

El jueves 11 de octubre parten de Salamanca y prosiguen hacia Valle de Santiago, donde descansan. El viernes 12 arriban a Valle de Santiago. Luego tocan la loma de Zempoala hacia Salvatierra. El sábado 13 de octubre salen por la mañana de Salvatierra y, a la hora de la comida, entran a Acámbaro. Hidalgo felicita a Juan Carrasco por haber tomado semanas antes la población. También da gracias a Catalina Gómez de Larrondo, pues sus gentes fueron quienes capturaron al intendente Merino y demás. El domingo 14, luego de oír misa, descansan. El lunes 15, Hidalgo sigue dando comisiones y Allende tratando de organizar al ejército. Éste se adelanta rumbo a Indaparapeo, donde se encuentran Juan Aldama y Mariano Jiménez. Ya tarde, sale Hidalgo a Zinapécuaro, donde pasa la noche. Mientras tanto, en Valladolid el canónigo Mariano de Escandón, Conde de Sierra Gorda, levanta la excomunión a Hidalgo y seguidores. 



La toma pacífica de Valladolid 



El martes 16, Hidalgo sale de Zinapécuaro después de almorzar y llega a Indaparapeo a las 11 a. m. Recibido con repiques, va a la iglesia al acostumbrado Te Deum. Se reúne con Allende y Aldama. Han llegado comisionados de Valladolid para tratar la entrega pacífica de la ciudad. Mariano Jiménez y Víctor Rosales se adelantan a Valladolid. De esta población han huido muchos españoles, entre ellos, el obispo electo Manuel Abad y Queipo, quien había declarado excomulgados a Hidalgo y seguidores por los atentados cometidos sobre personas consagradas. Los insurgentes no tienen por válida tal excomunión, como brotada por motivos políticos y porque, siendo justa la causa, tales atentados son excusables. Transitan por Charo. El miércoles 17, es la entrada victoriosa de Hidalgo en Valladolid. Como al pasar por catedral, las puertas están cerradas, ante el enfado del caudillo, atropelladamente las abren luego y se canta Te Deum. Irritado el cura, declara vacantes las prebendas, menos cuatro, de sus simpatizantes. Se aloja en casa de Antonio Cortés. Hidalgo y Allende escriben al intendente de Guanajuato sobre la feliz llegada a Valladolid. Hidalgo hace nombramientos eclesiásticos y exige fuerte suma de dinero al Cabildo Catedral de: 114 000 pesos. 

El jueves 18, Allende reorganiza la tropa de línea: además de los regimientos de Dragones de la Reina y del Príncipe, así como de los de infantería de Celaya y Guanajuato, se suman el Provincial de Valladolid y el de Dragones de Pátzcuaro. Aunque la toma de la ciudad es pacífica, la dirigencia insurgente se enfrenta de nuevo al descontrol de las masas sedientas de pillaje. No sin dificultad tratan de mantener la promesa de no permitir el saqueo; más no pueden impedir el de algunas pocas casas. Se impone la represión con un cañonazo que mata a 14 de la multitud y la colocación de horcas para saqueadores, en la que mueren dos de éstos.

El sargento mayor del Regimiento de Valladolid, Manuel Gallegos, sugirió a los caudillos seleccionar  14,000 hombres y retirarse con ellos a la sierra durante dos meses, para entrenarlos como soldados bajo la conducción de un experto. Esta era la estrategia que estaba siguiendo Calleja, ante la falta de tropas profesionales y la imposibilidad de la Metrópoli de enviarlas, pero Hidalgo burlándose, rechazó la propuesta con el enfado de los militares.

Se acercó entonces a Hidalgo <<un antiguo condiscípulo a la sazón fraile carmelita Teodoro de la Concepción (Zimavilla) y le pregunto: “¿Que intentas y qué es esto?”, a lo que Hidalgo respondió: “Más fácil me sería decir lo que habría querido que fuese, pero yo no comprendo lo que realmente es”. 

La respuesta implica una mirada retrospectiva a los días de la conspiración, cuando efectivamente había un plan, objetivos y medios calculados que el cura conocía; pero el descubrimiento sorpresivo de la conspiración, así como saber que varios defeccionaban y otros no apoyaban, lo había conducido a la decisión del levantamiento multitudinario cuya dinámica en efecto se le escapaba.>>[1]

Se recompone el ayuntamiento y la intendencia, a cuyo frente Hidalgo nombra a José María de Anzorena, de 67 años. 

El viernes 19, en cumplimiento de disposiciones de Hidalgo, Anzorena promulga el primer bando insurgente de abolición de la esclavitud, en el que también se declara la supresión del tributo, de varios estancos y la moderación de otras cargas. Como ni en este bando ni en ningún otro momento de su estancia Hidalgo hizo referencia al rey, le reclamaron algunos canónigos a Allende este desacato.



El encuentro con José María Morelos y Pavón





El sábado 20, bien entrada la mañana, Hidalgo sale de Valladolid hacia Acámbaro. En Charo lo alcanza José María Morelos y Pavón, quien se ofrece de capellán del ejército, pero Hidalgo lo invita a ser uno de sus comisionados con rango militar, por la costa del Sur, siendo la principal encomienda la toma de Acapulco, con la instrucción de “que por todos los lugares que pasara se encargara y recibiera el gobierno y las armas que existían”, dejando en el mando a los criollos y quitando a los europeos, a quienes además “embargase sus bienes para fomento y pago de tropas”. Llegan a Indaparapeo a la hora de la comida y luego se despiden. Hidalgo pernocta en el lugar.


Primer intento de separar a Hidalgo del mando


Fue en Valladolid o en el trayecto a Acámbaro, cuando los jefes militares hablaron de la necesidad de separar a Hidalgo del mando militar, para lo cual se le propondría una revista del ejército y considerar ascensos y nombramientos, es decir dejarle un cargo más honorífico que real.
  
El domingo 21, temprano salen a Zinapécuaro, adonde asisten a misa y descansan esa noche, para salir de madrugada a Acámbaro. El lunes 22, en Acámbaro se lleva a cabo una revista de la tropa y se celebra consejo con los principales jefes. La multitud es dividida en regimientos de mil hombres. Luego, en junta de jefes preparada por Allende, hay el conato de quitar a Hidalgo el mando militar, pero Hidalgo lo frena enfureciéndose terriblemente e intimidando a los vocales. Todos son ascendidos de rango, comenzando por el propio Hidalgo, generalísimo, Allende, capitán general; tenientes generales, Aldama, Jiménez, Arias y Balleza. Otros más son promovidos. Las designaciones son dadas a conocer a la tropa, los agraciados se uniforman según el nuevo grado y la multitud los aclama por tales. “Hidalgo y Allende como generalísimos, siendo su uniforme casaca azul, vuelta encarnada, tenían tres bordados de oro o plata según querían en la bocamanga y vueltas de la casaca, distinguiéndose Hidalgo con la banda encarnada y tres bordados de oro”

El martes 23, Hidalgo manda en comisión a Pedro José Beltrán y Coronel a las Provincias Internas y Sonora, con indicaciones semejantes a las del bando de Anzorena: supresión de esclavitud y tributos, con algunas variantes, como el embargo de bienes de europeos. Se discuten diversas alternativas de ruta: Allende propone interponerse entre las divisiones de Flon y Calleja; más prevalece el voto de Hidalgo de ir a México. Se sabe que varias poblaciones del oriente michoacano, como Taximaroa, Irimbo y Zitácuaro, ya están por la insurgencia. Los insurrectos de Hidalgo llegan ya a más de cincuenta mil. No todos toman el mismo camino; los de a pie, por veredas; los de a caballo, por camino de herradura; las carretas, por camino carretero. Tampoco todos llegan a los mismos lugares, que desde luego no pueden abastecer ni dar albergue a aquella insólita muchedumbre. De tal manera, la oleada humana cubre un amplio espacio de ruta, así como de pueblos y rancherías de paso. Maravatío. El mismo martes 23, Hidalgo llega a Maravatío; gran parte del ejército se queda en las afueras, mientras Hidalgo se hospeda en una casa del portal. Ahí lo encuentra el licenciado Ignacio Rayón, quien se suma a la causa y de orden de Hidalgo va a promulgar en su tierra natal, Tlalpujahua, un bando semejante al de Anzorena.

El miércoles 24, tocan los insurgentes la hacienda de Pateo y arriban a la de Tepetongo, donde Hidalgo pasa la noche. Por la mañana, cruzan el puerto de Medina, raya de la intendencia y obispado de Michoacán, respecto a la intendencia y arzobispado de México. Enfilan a la hacienda de La Jordana, donde descansan aquella noche. El jueves 25 de aquella hacienda, bordeando la margen izquierda del río Lerma, llegan a San Felipe del Obraje. Ahí se reciben unos cañones, no muy buenos, procedentes de la ciudad de Guanajuato, y también la noticia de que la Inquisición cita a Hidalgo a responder de cargos. Pernoctan varios en la casa cural. El viernes 26 de octubre, de San Felipe del Obraje reemprenden el camino cuyo siguiente término es Ixtlahuaca, adonde entra Hidalgo a las 2 de la tarde. Es recibido con repiques y toda pompa por el cura. En las oficinas, Hidalgo ve el edicto inquisitorial de comparecencia y a la hora de sobremesa comenta contradicciones del documento.

En Ixtlahuaca, algunos españoles son liberados por intercesión del cura del lugar. Hidalgo resuelve en un caso de herencia, y al mirar que un ranchero mestizo del rumbo, adherido a la causa insurgente, trae sus bastimentos a espaldas de indios descalzos y atados, lo obliga a desatarlos de inmediato. El domingo 28, Luego de asistir a misa muy temprano, almuerzan. Para ello, algunos dan muerte a unos bueyes de labor. Sabedores los caudillos, los reprenden “por el perjuicio que resultaría a la agricultura”. Salen rumbo a Toluca. Arriban a esta ciudad a las 2 p. m. La muchedumbre llega a más de setenta mil. Los últimos entran a las 7 de la noche. Los caudillos van seguidos de una banda de música. Prevenido el cura de la parroquia, que lo era el franciscano Pedro de Orcillés, del recibimiento solemne que ha de preparar a Hidalgo, así lo hace. Alojado en las casas reales, Hidalgo recibe ahí la visita del clero de la ciudad y de vecinos principales. Otras voces dicen que se hospeda en la casa de la familia Oláez. La impresión que tienen los toluqueños de aquel movimiento es positiva: se admiran del orden con que se conducen los insurgentes y comentan que son “gente muy buena”.

El lunes 29 de octubre en Toluca, dispone Hidalgo que una parte no pequeña del ejército se quede en Toluca bajo las órdenes de Juan Ignacio González Rubalcaba, quien seguirá luego hacia Cuernavaca, pero la mayor parte del ejército insurgente se dirige a México: unos hacia el puente de Lerma, y otros, por el camino de Metepec, al puente de San Mateo Atenco. Los que avanzan hacia Lerma han de detenerse, pues el punto está defendido por tropas del realista Trujillo, más luego éste lo deja libre. Hidalgo avanza por el puente de Atenco, cuya defensa realista no fue oportuna; y así, habiendo cruzado el río, llegan a Santiago Tianguistengo, donde Hidalgo determina hacer alto. Aquí se le incorpora un inglés que afirma saber de artillería. De ahí mismo ordena Hidalgo se tome ganado de la hacienda de la Cruz y recibe queja de que indios de Ozolotepec saquean la hacienda de San Nicolás, incluida la capilla.


La batalla del Monte de la Cruces




El martes 30, de Santiago Tianguistengo Hidalgo pasa revista a sus huestes de cerca de 70,000 hombres y sale hacia las 4 a. m. para reunirse con los que habían cruzado por Lerma. Todos emprenden la subida del Monte de Las Cruces. Cabalgan juntos Allende y Jiménez y el primero asegura que en la Ciudad de México tiene muchos partidarios, uno de cuyos jefes “le tenía ofrecido salirlo a recibir con diez o doce mil hombres”. [2]

Mientras, el jefe realista Torcuato Trujillo, al amparo de la espesura del monte, prepara su defensa con cerca de dos mil hombres (cuatrocientos jinetes y mil trescientos treinta infantes), con dos buenos cañones. De los insurgentes sólo tres mil son tropa disciplinada, mitad de caballería, mitad de infantería, con malos cañones. Hay también unos catorce mil rancheros a caballo con machete o lanza, y el resto es una multitud de sesenta mil entre indios y castas. Como a las 11 de la mañana, rompen el ataque los insurgentes al son de cornetas y tambores, estruendo que pronto se diluye en una inmensa gritería. Ofrecen buen blanco a los fusiles y cañones ocultos de los realistas, que pronto causan gran mortandad entre la masa insurgente. Pero Allende se sobrepone y redistribuye a los soldados disciplinados haciendo que Jiménez rodee al enemigo por arriba y lo sorprenda. Los insurgentes van ganando terreno, al grado de mandar comisión con bandera blanca para proponer rendición y evitar más muertes. Más Trujillo, al tener cerca la embajada, manda disparar contra ella. Aprietan los insurgentes, vencen y algunos persiguen los restos realistas hasta cerca de Santa Fe. 

Mueren dos mil realistas y más de dos mil insurgentes.[3] Cara victoria. Desde lo álgido de la batalla, muchos insurgentes han desertado, y más, al ver y sepultar a los muertos. Pero el camino a México ha sido despejado. Así que se ordena seguir hacia Cuajimalpa, adonde llegan en noche fría en extremo. La mayor parte no tiene techo ni bastimento. El miércoles 31 de octubre la dirigencia insurgente se ha hospedado en la venta llamada San Luisito. Deliberan sobre el avance y esperan que los partidarios de la capital salgan en cualquier momento o manden alguna noticia. No sucede. Entonces, por la tarde, se decide que una comisión parta con bandera blanca, a llevar pliego de intimación al virrey Venegas, quien lo rechaza. Otra noche de un aire helado intolerable y muy poca comida. La gente ha encendido infinidad de hogueras para calentarse, y en cada lumbrada cantan aquellos grupos toda la noche “desentonados alabados y otras canciones religiosas”. 

El jueves 1 de noviembre jueves en Cuajimalpa. Como a las 4 a. m. retorna la comisión a la venta. Como es día de Todos Santos y de guardar, a las 6 de la mañana se llama a misa. Concluida, Allende, Arias y otros jefes desean proseguir a México, pero se impone Hidalgo, quien prefiere retirarse argumentando que sin la seguridad de los partidarios que no se han comunicado y ante la falta de municiones, no es aconsejable arriesgarse, pues el enemigo con muy poca artillería ha hecho estragos. También le pesa ver a muchos de sus indios y castas resfriados, asustados y deprimidos. A las 11 a. m., se levanta el campamento en contramarcha hacia Lerma, adonde llegan al anochecer. El viernes 2 de noviembre, Hidalgo agradece a Luis Bernaldes su ofrecimiento de seguidores. Sale a Ixtlahuaca. Llegan a la puesta del sol. Para el sábado 3 de noviembre, más de la mitad de los seguidores han desertado, de manera que la multitud, aún considerable, llega a treinta mil hombres. Se acerca entonces el párroco de Xiquipilco, partidario de Hidalgo, para que les ordene a algunos de los indios más radicales que dejen enterrar a tres europeos que han ejecutado; se fía en que Hidalgo “poseía y dominaba los corazones de los indios”. 



Razones y sinrazones de la retirada 



<<… no fue la razón determinante la deserción de gran parte de la muchedumbre, pues por ciego que fuera, Hidalgo ya había comprobado que su participación en combate resultaba contraproducente, y tampoco el saqueo frustrado de la Ciudad de México, pues precisamente ya había desertado gran parte de los virtuales saqueadores. Además se mantenía vigente la tajante consigna de no atentar contra bienes de criollos y demás americanos […] 

Más bien pesaron cuatro razones, no aisladas sino combinadas: la falta de adhesión oportuna de los partidarios de la ciudad, la mortandad causada por la artillería del enemigo, la información sobre los avances de Flon y Calleja, y la carencia de municiones, razón esta expresada por Hidalgo […] 

En algo se había habilitado la artillería, pues los herreros de Lerma ya habían habilitado dos cañones y fueron pagados por decisión de Aldama con una culebrina de palo qué se había desfogado en Las Cruces, pero aún tenía bastante hierro en los muñones y casquillos. Más las balas eran insuficientes. Si en Las Cruces se había utilizado tal cantidad, la toma de México quizás exigiría muchas más baterías y municiones. 

Por otra parte, para esa fecha es muy probable que los caudillos hubieran ya recibido las primeras noticias del avance de Flon y de Calleja: el primero habiendo salido de Querétaro el 22 de octubre, tomó San Miguel el Grande sin dificultad el 24 y de allí marcho a encontrarse con Calleja, quien habiendo dejado la hacienda de La Pila ese día se dirigió a Dolores, punto donde se reunió con Flon el 28, el mismo día en que Hidalgo entraba a Toluca. De manera que para el 1 de noviembre es muy posible que los caudillos se empezaran a enterar del avance realista […] 

Pero tal vez los caudillos ignoraban otra información: que no lejos la insurgencia prosperaba simultáneamente […] la guerrilla amenazaba Cuautitlán […] 

Por otra parte, el ejército que encabezaba Ignacio González Rubalcaba, luego de dejar Toluca se había encaminado a Tenancingo, Malinalco, San Francisco Tetecala, hacienda de San Gabriel y Cuernavaca. La falta de información y coordinación con estos grupos de insurgentes impidió a la dirigencia insurgente tener los mejores elementos de juicio para la mejor resolución ante la Ciudad de México. 

La falta de colaboración de los capitalinos merece especial atención […] El Pavor podría deberse a dos cosas: una, la vigilancia y represión de que podían ser víctimas del gobierno tales agentes; dos, la violencia indistinta que ejercerían sobre ellos las turbas incontrolables de Hidalgo, como había acontecido en Guanajuato. 

La discusión entre Hidalgo y Allende fue acre y, al final, el cura dijo: “Ellos reciben sus víveres de fuera, y bastará quitárselos, para que hasta nos llamen a la capital en su socorro” .

Y en efecto, una providencia en su segunda instancia en Valladolid sería suspender ese abasto. Como sea se estima que el ataque insurgente a la Ciudad de México era mejor opción, bien que en aquellos momentos no se tuvieran todos los elementos de juicio. Por ello se le ha reprochado a Hidalgo el retroceso. >>[4]


Jorge Pérez Uribe 


Notas:
[1] Carlos Herrejón Peredo, Hidalgo: maestro, párroco e insurgente, Ed. Clío, libros y videos, S.A. de C.V., México, 2014, pág.266 
[2] Indudablemente se refería a la sociedad secreta de Los Guadalupes. 
[3] Aquí hay que hacer la consideración de que había más tropas realistas, de las consideradas inicialmente, de 1,730 elementos. 
[4] Ibíd., págs.293, 296