sábado, 29 de diciembre de 2018

SOBRE LA FAMILIA



Padre Raniero Cantalamessa, ofmcap. | 29 diciembre 2018

I Samuel 1, 20-22.24-28;
I Juan 3, 1-2.21-24;
Lucas 2, 41-52

«Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados». En estas palabras de María vemos mencionados los tres componentes esenciales de una familia: el padre, la madre, el hijo. No podemos este año hablar de la familia sin tocar el problema que en estos momentos más agita a la sociedad y preocupa a la Iglesia: los debates parlamentarios sobre el reconocimiento de las parejas de hecho. 


No se puede impedir que el Estado busque dar respuesta a situaciones nuevas presentes en la sociedad, reconociendo algunos derechos civiles a personas también del mismo sexo que han decidido vivir juntas sus propias vidas. Lo que importa a la Iglesia –y debería importar a todas las personas interesadas en el bien futuro de la sociedad- es que esto no se traduzca en un debilitamiento de la institución familiar, ya muy amenazada en la cultura moderna. 



Se sabe que la forma más efectiva de agotar una realidad o una palabra es la de dilatarla y banalizarla, haciendo que abrace cosas diferentes y entre sí contradictorias. Esto ocurre si se equipara la pareja homosexual al matrimonio entre el hombre y la mujer. El sentido mismo de la palabra «matrimonio» -del latín, función de la madre (matris)- revela la insensatez de tal proyecto. 



No se ve, sobre todo, el motivo de esta equiparación, pudiéndose salvaguardar los derechos civiles en cuestión también de otras maneras. No veo por qué esto deberá sonar a un límite y ofensa a la dignidad de las personas homosexuales, hacia quienes todos sentimos el deber de respetar y amar, y de quienes, en algunos casos, conozco personalmente su rectitud y sufrimiento. 



Lo que estamos diciendo vale con mayor razón para el problema de la adopción de niños por parte de parejas homosexuales. La adopción por parte de éstas es inaceptable porque es una adopción en exclusivo beneficio de los adoptantes, no del niño, que bien podría ser adoptado por parejas normales de padre y madre. Hay muchas que esperan hacerlo desde hace años. 



Las mujeres homosexuales también tienen, se hace observar, el instinto de la maternidad y desean satisfacerlo adoptando a un niño; los hombres homosexuales experimentan la necesidad de ver crecer una joven vida junto a ellos y quieren satisfacerla adoptando a un niño. Pero ¿qué atención se presta a las necesidades y a los sentimientos del niño en estos casos? Se encontrará con que tiene dos madres o dos padres -en lugar de un padre y una madre-, con todas las complicaciones psicológicas y de identidad que ello comporta, dentro y fuera de casa. ¿Cómo vivirá el niño, en el colegio, esta situación que le hace tan diferente de sus compañeros? 



La adopción es trastornada en su significado más profundo: ya no es dar algo, sino buscar algo. El verdadero amor, dice Pablo, «no busca el propio interés». Es verdad que también en las adopciones normales los progenitores adoptantes buscan, a veces, su bien: tener alguien en quien volcar su amor recíproco, un heredero de sus esfuerzos. Pero en este caso el bien de los adoptantes coincide con el bien del adoptado, no se opone a él. Dar en adopción un niño a una pareja homosexual, cuando sería posible darlo a una pareja de padres normales, no es, objetivamente hablando, hacer su bien, sino su mal. 



El pasaje del Evangelio de la festividad termina con una escena de vida familiar que permite entrever toda la vida de Jesús desde los doce a los treinta años: «Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre iba guardando todas estas cosas en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en edad y en gracia ante Dios y los hombres». Que la Virgen obtenga a todos los niños del mundo el don de poder, también ellos, crecer en edad y gracia rodeados del afecto de un padre y de una madre. 


sábado, 22 de diciembre de 2018

HA MIRADO LA HUMILDAD DE SU SIERVA



Padre Raniero Cantalamessa | 22 diciembre 2018

Miqueas 5, 2-5;
Hebreos 10, 5-10;
Lucas 1, 39-48ª



El último domingo de Adviento es el que debe preparar inmediatamente a la Navidad. Las compras ya deberían estar hechas, y tal vez estamos un poco más disponibles para pensar también en el sentido religioso de la fiesta. El Evangelio es el de la Visitación de María a Isabel, que finaliza con el Magnificat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva»



Con el Magnificat, María nos ayuda a captar un aspecto importante del misterio navideño sobre el que desearía insistir: la Navidad como fiesta de los humildes y como rescate de los pobres. Dice: «Ha derribado del trono a los poderosos y ha enaltecido a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos». En el mundo de hoy se van perfilando dos nuevas clases sociales, que ya no son las mismas que se consideraban en el pasado, esto es, propietarios y proletarios. Son más bien, por un lado, la sociedad cosmopolita que sabe inglés, que se mueve a sus anchas por los aeropuertos del mundo, que sabe utilizar el ordenador y «navega» por Internet; para la cual la tierra es ya «la aldea global»; por otro, la gran masa de aquellos que apenas han salido de su pueblo natal y tienen un acceso limitado o sólo indirecto a los grandes medios de comunicación social. Hoy son estos, respectivamente, los nuevos «poderosos» y los nuevos «humildes».



María nos ayuda a volver a poner las cosas en su sitio y a no dejarnos engañar. Nos dice que frecuentemente los valores más profundos se esconden entre los humildes; que los acontecimientos que más inciden en la historia (como el nacimiento de Jesús) suceden en medio de ellos, no sobre los grandes escenarios del mundo. Belén era «la aldea más pequeña de Judá», dice la primera lectura del día; sin embargo, fue en ella en la que nació el Mesías. Grandes escritores, como Manzoni y Dostoiewski, han inmortalizado en sus obras los valores y las historias de la «gente pobre».



La «opción preferencial» de los pobres es algo que hizo Dios mucho antes del Concilio Vaticano II. La Escritura dice que «el Señor es excelso, pero se fija en el humilde» (Sal 138, 6); que «resiste a los soberbios, pero concede su favor a los humildes» (1 P 5, 5). A lo largo de toda la revelación se nos muestra como un Dios que se inclina sobre los pobres, los afligidos, los abandonados y aquellos que no son nada a los ojos del mundo. Todo esto contiene una lección actualísima. Nuestra tentación, en efecto, es la de hacer exactamente lo contrario de lo que hizo Dios: querer mirar a quien está arriba, no a quien está abajo; a quien le va bien, no a quien se encuentra en necesidad.



No podemos contentarnos con recordar que Dios orienta su mirada hacia los humildes. Debemos hacernos nosotros mismos pequeños, humildes, al menos de corazón. La Basílica de la Natividad en Belén sólo tiene una puerta de entrada, y es tan baja que no se puede pasar por ella más que inclinándose profundamente. Hay quien dice que fue construida así para impedir que los beduinos entrarán a grupa de sus camellos. Pero la explicación que siempre se ha dado (y que contiene, en cualquier caso, una profunda verdad espiritual) es otra. Esa puerta debía recordar a los peregrinos que para penetrar en el significado profundo de la Navidad hay que abajarse y hacerse pequeños.



En los próximos días oiremos cantar muchas veces la antigua melodía Tu scendi dalle stelle, o re del cielo... [Popular italiano compuesto por San Alfonso María de Ligorio: «Desciendes de las estrellas, oh rey del cielo». Ndt.]. Y si Dios descendió «de las estrellas», ¿no deberíamos nosotros bajar de nuestros pequeños pedestales de superioridad y de dominio, para vivir como hermanos reconciliados entre nosotros? También tenemos que bajar de nuestros «camellos» para entrar en la gruta de Belén...



Padre Raniero Cantalamessa | 22 diciembre 2018

sábado, 15 de diciembre de 2018

“MI ALMA TIENE SED DEL DIOS VIVO”


Padre Raniero Cantalamessa, Ofmcap | 10 diciembre 2018


Introducción

En la Iglesia estamos tan presionados por tareas, problemas que afrontar, retos a los que responder, que corremos el riesgo de perder de vista, o dejar como en el trasfondo, el «porro unum necessarium» del Evangelio, es decir, nuestra relación personal con Dios. Además de todo, sabemos por experiencia que una relación personal auténtica con Dios es la primera condición para abordar todas las situaciones y problemas que se presentan, sin perder la paz y la paciencia. 



He pensado, pues, venerables Padres, hermanos y hermanas, dejar de lado, en estas predicaciones de Adviento, cualquier referencia a problemas de actualidad. Trataremos de hacer lo que santa Ángela de Foligno recomendaba a sus hijos espirituales: «Recogernos en unidad y abismar nuestra alma en el infinito que es Dios»[1]. Hacer un baño matutino de fe, antes de comenzar la jornada de trabajo. 


El tema de estas predicaciones de Adviento (y, si Dios lo quiere, también de la Cuaresma) será el versículo del Salmo: «Mi alma tiene sed del Dios vivo» (Sal 42,2). Los hombres de nuestro tiempo se apasionan buscando señales de la existencia de seres vivos e inteligentes en otros planetas. Es una búsqueda legítima y comprensible aunque muy incierta. Pocos, sin embargo, buscan y estudian señales del Ser vivo que ha creado el universo, que entró en él, en su historia, y vive en él. «En Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28) y no nos damos cuenta. Tenemos al Viviente real en medio de nosotros y lo descuidamos para buscar seres vivientes hipotéticos que, en el mejor de los casos, podrían hacer muy poco por nosotros, ciertamente no salvarnos de la muerte. 

Cuántas veces nos vemos obligados a decir a Dios, con san Agustín: «Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo»[2]. Al contrario que nosotros, en efecto, el Dios viviente nos busca, no hace otra cosa desde la creación del mundo. Sigue diciendo: «Adán, ¿dónde estás?» (Gén 3,9). Nosotros nos proponemos captar señales de este Dios viviente, responder a su llamamiento, «llamar a su puerta», para entrar en un contacto nuevo, vivo, con él. 

Nos apoyamos en la palabra de Jesús: «Buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá» (Mt 7,7). Cuando se leen estas palabras, se piensa inmediatamente que Jesús promete darnos todas las cosas que le pedimos y nos quedamos perplejos porque vemos que esto rara vez se realiza. Sin embargo, Él trataba de decir, sobre todo, una cosa: «Buscadme y me hallaréis, llamad y os abriré». Promete darse a sí mismo, más allá de las cosas pequeñas que le pedimos, y esta promesa se mantiene siempre infaliblemente. Quien lo busca, lo encuentra; a quien llama, Él abre y una vez que lo ha encontrado, todo lo demás pasa a un segundo plano. 

El alma que tiene sed del Dios viviente lo encontrará infaliblemente y con él y en él encontrará todo, como nos recuerdan las palabras de santa Teresa de Jesús: «Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios basta». Con estos sentimientos comenzamos nuestro camino de búsqueda del rostro de Dios vivo. 



¡Volver a las cosas!


La Biblia está salpicada de textos que hablan de Dios como del «vivo». «Él es el Dios vivo», dice Jeremías (Jer 10,10); «Yo soy el viviente», dice Dios mismo en Ezequiel (Ez 33,11). En uno de los salmos más bellos del salterio, escrito durante el exilio, el orante exclama: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 42,2). Y también: «Mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo» (Sal 84, 3). Pedro, en Cesarea de Filipo, proclama a Jesús «Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16). 



Se trata evidentemente de una metáfora sacada de la experiencia humana. Israel se ha resignado a usarla para distinguir a su Dios de los ídolos de las gentes que son divinidades «muertas». En contraste con ellos, el Dios de la Biblia es «un Dios que respira» y su respiración o soplo (ruah) es el Espíritu Santo. 


Tras el largo predominio del idealismo y el triunfo de la «idea», en tiempos más cercanos a nosotros, también el pensamiento secular ha advertido la necesidad de un regreso a la «realidad» y lo ha expresado en el grito programático: «¡Volver a las cosas!»[3]. Es decir: no detenerse en las formulaciones dadas de la realidad, en las teorías construidas sobre ella, a lo que comúnmente se piensa en torno a ella, sino apuntar directamente a la realidad misma que está a la base de todo; quitar las diferentes capas de tierra arrastrada y descubrir la roca subyacente. 

Debemos aplicar este programa también al ámbito de la fe. Sobre la fe, en efecto, santo Tomás de Aquino escribió que «no termina en los enunciados, sino en las cosas»[4]. Cuando se trata de la «cosa» suprema en el ámbito de la fe, es decir de Dios, «volver a las cosas» significa volver al Dios vivo; romper, por así decirlo, el terrible muro de la idea que nos hemos hecho de él y correr, como con los brazos abiertos, al encuentro de Dios en persona. Descubrir que Dios no es una abstracción, sino una realidad; que entre nuestras ideas de Dios y el Dios vivo existe la misma diferencia que entre un cielo pintado sobre una hoja de papel y el cielo verdadero. 

El programa: «¡Volver a las cosas!» tuvo una aplicación justamente famosa: la que llevó al descubrimiento de que las cosas… existen. Vale la pena releer la famosa página de Sartre: 

«Hace un rato estaba yo en el jardín público. La raíz del castaño se hundía en la tierra, justo debajo de mi banco. Yo ya no recordaba que era una raíz. Las palabras se habían desvanecido, y con ellas la significación de las cosas, sus modos de empleo, las débiles marcas que los hombres han trazado en su superficie. Estaba sentado, un poco encorvado, baja la cabeza, solo frente a aquella masa negra y nudosa, enteramente bruta y que me daba miedo. Y entonces tuve esa iluminación. Me cortó el aliento. Jamás había presentido, antes de estos últimos días, lo que quería decir “existir”. Era como los demás, como los que se pasean a la orilla del mar con sus trajes de primavera. Decía como ellos: “el mar es verde”, “aquel punto blanco, allá arriba, es una gaviota”, pero no sentía que aquello existía, que la gaviota era una “gaviota-existente”; de ordinario la existencia se oculta. Está ahí, alrededor de nosotros, en nosotros, ella es nosotros, no es posible decir dos palabras sin hablar de ella y, finalmente, queda intocada…. Y de golpe estaba allí, clara como el día: la existencia se descubrió de improviso»[5]. 

El filósofo que hizo este «descubrimiento» se declaraba ateo y por eso no fue más allá de la constatación de que yo existo, que el mundo existe, que las cosas existen. Pero nosotros no podemos partir de esta experiencia y convertirla en el trampolín de lanzamiento para el descubrimiento de otro Existente, la chispa que hace posible otra iluminación. Lo que fue posible con la raíz del castaño, ¿por qué no debería ser posible con Dios? ¿Acaso Dios, para la mente del hombre, es menos real de cuanto lo es la raíz de castaño para su ojo? Los padres no dudaban en poner al servicio de la fe las intuiciones de verdad presentes en los filósofos paganos, incluso de aquellos cuya autoridad venía gustosamente adoptada contra los cristianos. Nosotros debemos imitarlos y hacer lo mismo en nuestro tiempo. 

¿Qué podemos, pues, considerar de la «iluminación» de aquel filósofo? Ninguna aplicación directa, o de contenido, sino solo una indirecta y de método. Leído ese relato con una cierta disposición de ánimo favorecida por la gracia, parece hecho a propósito para sacudirnos de la costumbre, para suscitar en nosotros primero la sospecha, luego la certeza de que existe un conocimiento de Dios que todavía nos es desconocido. Que, quizás, antes de ahora, ni siquiera nosotros hemos intuido nunca lo que quiere decir que «Dios existe», que él es un Dios-existente, o, como dice la Biblia, un Dios vivo. Que tenemos, pues, una tarea ante nosotros, un descubrimiento que realizar: descubrir que Dios «existe», hasta el punto de que tener, también nosotros, por un instante, ¡la respiración cortada! Sería la aventura de la vida. 

Nos ayuda a comprender de qué se trata la experiencia de algunos convertidos, a los cuales la existencia de Dios se les revela repentinamente, en un cierto momento de la vida, después de haberla ignorado o negado tenazmente. 

Uno de ellos fue el periodista francés Andrè Frossard, muerto el 2 de febrero de 1995. Así describe su vida antes de la conversión: 

«Dios no existía. Su imagen, en fin, las imágenes que evocan su existencia o aquellas de lo que podría llamarse su descendencia histórica, los santos, los profetas, los héroes de la Biblia, no figuraban en parte alguna de nuestra casa. (…) Éramos ateos perfectos, de esos que ni se preguntan por su ateísmo. Los últimos militantes anticlericales que todavía predicaban contra la religión en las reuniones públicas nos parecían patéticos y un poco ridículos, exactamente igual que lo serían unos historiadores esforzándose por refutar la fábula de Caperucita Roja». 

En una jornada de verano, cansado de esperar al amigo con el que se había citado, el joven Frossard entra en la iglesia cercana, observa su arquitectura y mira a las personas que rezan en ella. Y he aquí cómo narra lo que sucedió: 

«Antes que nada, se me sugieren estas palabras: vida espiritual. No se me dicen, no las formo yo mismo, las escucho como si fuesen pronunciadas cerca de mí, en voz baja, por una persona que vería lo que yo no veo aún. La última sílaba de este preludio murmurado alcanza apenas en mí la orilla de lo consciente, que comienza una avalancha al revés.[…] ¿Cómo describirlo con estas palabras huidizas, […] un mundo distinto de un resplandor y de una densidad que despiden al nuestro a las sombras frágiles de los sueños incompletos. Él es la realidad, él es la verdad, la veo desde la ribera oscura donde aún estoy retenido. Hay un orden en el universo, y en su vértice, más allá de este velo de bruma resplandeciente, la evidencia de Dios; la evidencia hecha presencia y la evidencia hecha persona de Aquel mismo a quien yo habría negado un momento antes.[…] Su irrupción desplegada, plenaria, se acompaña de una alegría que no es sino la exultación del salvado». 

Al salir de la iglesia, su amigo, viendo que algo había sucedido, le pregunta: «¿Que te pasa?» — Responde: «Soy católico», y, como si temiera no haber sido suficientemente explícito, añadió: «apostólico y romano». 

La expresión que expresa mejor este acontecimiento es: darse cuenta de Dios. «Darse cuenta» indica un repentino abrirse de los ojos, un sobresalto de la conciencia, por el que empezamos a ver algo que estaba allí también antes, pero que no veíamos. 

Probemos a releer, sobre la ola de la «iluminación» descrita por Sartre, el episodio de la zarza ardiente. Nos servirá, entre otras cosas, para constatar cómo también el pensamiento moderno «existencial» nos puede ayudar a descubrir, en la Biblia, algo nuevo, que el pensamiento antiguo, todo el orientado en sentido ontológico, aun con toda su riqueza, no era capaz de captar. 

La página de la Biblia que narra la zarza ardiente (Éx 3,1ss.) es ella misma una zarza ardiente. Arde, pero no se consume. A distancia de milenios no ha perdido nada de su poder de transmitir el sentido de lo divino. Muestra, mejor que cualquier discurso, qué sucede cuando se encuentra realmente al Dios vivo. «Moisés pensó: “Quiero acercarme…”». Todavía piensa y quiere. Es dueño de sí; él es quien conduce (o cree conducir) el juego. Pero he aquí que lo divino irrumpe con su ser e impone su ley. «¡Moisés, Moisés! No te acerques. Yo soy el Dios de tu padre». Todo cambió de repente. Moisés se hace dócil de golpe, sumiso. «¡Heme aquí!», responde y se cubre el rostro, como los serafines se cubrían los ojos con las alas (cf. Is 6, 2). Lo numinoso está en el aire. Moisés entra en el misterio. 

En esta atmósfera Dios revela su nombre: «Yo soy el que soy». Trasplantada en el terreno cultural helénico, ya con los Setenta, esta palabra fue interpretada como una definición de lo que Dios es, el Ser absoluto, como una afirmación de su esencia más profunda. Pero semejante interpretación, dicen hoy los exégetas, es «completamente ajena al modo de pensar del Antiguo Testamento». La frase significa: «Yo soy aquel que estoy; o, más simplemente todavía: «¡Yo estoy (o yo estaré) para vosotros!»[6]. Se trata de una afirmación concreta, no abstracta; se refiere más a la existencia de Dios que a su esencia, más a su «estar», que no a lo «que es». No estamos lejos del «Yo vivo», «Yo soy el viviente», que Dios pronuncia en otras partes de la Biblia. 

Aquel día, pues, Moisés descubrió algo muy simple, pero capaz de poner en marcha y apoyar todo el proceso de liberación que seguirá. Descubrió que el Dios de Abraham, Isaac y Jacob existe, está, es una realidad presente y operante en la historia, uno con el que se puede contar. Esto era, por lo demás, lo que Moisés tenía necesidad de saber en ese momento, no una abstracta definición de Dios. 

Hay algo que une la experiencia del filósofo ante la raíz del castaño y la de Moisés ante la zarza ardiente. Ambos descubren el misterio del ser: el primero, el ser de las cosas, el segundo, el Ser de Dios. Pero mientras que descubrir que Dios existe es fuente de valor y de alegría, descubrir solo que las cosas existen no produce, según dice ese mismo filósofo, más que «náusea». 


Dios, sentimiento de una presencia


«Qué significa y cómo se define el Dios vivo? Por un momento he acariciado el propósito de responder a esta pregunta, trazando un perfil del Dios vivo, a partir de la Biblia, pero luego he visto que sería una gran tontería. Querer describir al Dios vivo, trazar su perfil, aun basándose en la Biblia, es recaer en el intento de reducir el Dios vivo a idea del Dios vivo. 



Lo que podemos hacer, incluso respecto del Dios vivo, es superar «los tenues signos de reconocimiento que los hombres han trazado sobre su superficie», romper las pequeñas cáscaras de nuestras ideas de Dios, o las «vasijas de alabastro» en las que lo tenemos encerrado, de modo que su perfume se expanda y «llene la casa». En esto nos es maestro san Agustín. El santo nos ha dejado una especie de método para elevarnos con el corazón y la mente al Dios vivo y verdadero. Consiste en repetirnos a nosotros mismos, después de cada reflexión sobre Dios: «¡Pero Dios no es esto, pero Dios no es esto!» Piensa en la tierra, piensa en el cielo, piensa en los ángeles o en cualquier cosa o persona; piensa, finalmente, en lo que tú mismo piensas de Dios, y repite cada vez: «¡Sí, pero Dios no es esto, Dios no es esto!» «Busca por encima de nosotros», responden, una a una, todas las criaturas preguntadas[7]. ¡Debemos creer en un Dios que está más allá del Dios en el que creemos! 


El Dios vivo, en cuanto vivo, se puede intuir vagamente, tener de él una especie de sensación o pre-sentimiento. Se puede suscitar su deseo, la nostalgia. Más no. No se puede encerrar la vida en una idea. Por esto se puede tener de él más fácilmente el sentimiento, o la sensación, que la idea, porque la idea circunscribe la persona, mientras que el sentimiento revela su presencia, dejándola en su totalidad e indeterminación. San Gregorio de Nisa habla de la más alta forma de conocimiento de Dios como un «sentimiento de presencia»[8]. 

Lo divino es una categoría absolutamente distinta de cualquier otra, que no puede ser definida, sino solo aludida; se puede hablar de ella solo por analogías y contraposiciones. Una imagen que en la Biblia nos habla así de Dios es la roca. Pocos títulos bíblicos son capaces de crear en nosotros un sentimiento tan vivo de Dios —sobre todo de lo que Dios es para nosotros— como este de Dios-roca. Tratemos también nosotros de libar, como dice la Escritura, «miel de la roca» (cf. Dt 32,13). 

Más que un simple título, roca aparece, en la Biblia, como una especie de nombre personal de Dios, hasta el punto de que es escrito, a veces, con letra mayúscula. «Él es la Roca, perfecta es su obra» (Dt 32,4); «El Señor es una roca eterna» (Is 26, 4). Pero para que esta imagen no nos infunda miedo y sujeción por la dureza y la impenetrabilidad que evoca, la Biblia agrega enseguida otra verdad: él es «nuestra» Roca, «mi» roca. Es decir, una roca para nosotros, no contra nosotros. «El Señor es mi roca» (Sal 18,3), la «roca de mi defensa» (Sal 31, 4), la «roca de nuestra salvación» (Sal 95,1). 

Los primeros traductores de la Biblia, los Setenta, se asustaron ante una imagen tan material de Dios que parecía abajarlo y sustituyeron sistemáticamente el concreto «roca» con abstractos, como «fuerza», «refugio», «salvación». Pero, con razón, todas las traducciones modernas han restituido a Dios el título original de roca. 

Roca no es un título abstracto; no dice sólo lo que Dios es, sino también qué debemos ser nosotros. La roca está hecha para ser escalada, buscar refugio en ella, no sólo para ser contemplada desde lejos. La roca atrae, apasiona. Si Dios es roca, el hombre debe convertirse en un «escalador». Jesús decía: «Aprended del dueño de casa»; «Mirad a los pescadores»; Santiago continúa diciendo: «Mirad a los agricultores». Nosotros podemos añadir: «¡Mirad a los escaladores!». Si cae la noche o viene una tormenta, no cometen la imprudencia de intentar bajar, sino que se agarrán aún más a la roca y esperan a que pase la tormenta. 

La insistencia de la Biblia sobre el Dios-roca tiene como objetivo infundir confianza en la criatura, arrojando los miedos de su corazón. «No temamos si tiembla la tierra, si se derrumban los montes en el fondo del mar», dice un salmo; y el motivo que se aduce es: «Nuestra roca es el Dios de Jacob» (Sal 46, 3.8).


¡Dios existe y eso basta!


El primer biógrafo de san Francisco de Asís, Tomás de Celano, describe un momento de oscuridad, y casi de desánimo, que el santo vivió hacia el final de su vida, a causa de las desviaciones que veía, en torno a sí, del primitivo estilo de vida de sus hermanos. 



Estando turbado —escribe— por los malos ejemplos, y habiendo recurrido un día, tan amargado, a la oración, se sintió amonestado de este modo por el Señor: ¿Por qué tú, insignificante, te turbas? ¿Acaso te he establecido pastor de mi Orden de manera que olvidaras que yo sigo siendo el patrón principal? […] No te turbes, pues, sino espera tu salvación, porque si la Orden se redujera incluso a sólo tres frailes, permanecerá mi ayuda siempre estable»[9]. 


El estudioso franciscano francés P. Eloi Leclerc, el que mejor de todos ha expuesto esta fase atormentada de la vida de Francisco, dice que el santo fue tan reanimado por las palabras de Cristo que iba repitiendo dentro de sí una exclamación: «Dieu est, et cela suffit». ¡Francisco, Dios existe y eso basta! ¡Dios existe y eso basta!»[10]. 

Aprendamos a repetir también nosotros estas sencillas palabras cuando, en la Iglesia o en nuestra vida, nos encontremos con situaciones similares a las de Francisco y muchas nubes se desvanecerán. 

Notas:
[1] Santa Ángela de Foligno.
[2] San Agustín.
[3] «Zu den Sachen selbst»: es el programa de la Escuela fenomenológica de Husserl.
[4] Santo Tomás de Aquino, S.Th. II-IIae, q.1,a.2, 2.
[5] J.-P. Sartre, La nausea(Mondadori, Milán 1984) 193s [trad. esp. La náusea(Alianza, Madrid 2016).
[6] Cf.G. von Rad, Theologie des alten Testaments, I (Múnich 1966) 194 [tras. Esp. Teología del Antiguo Testamento(Sígueme, Salamanca 92002).
[7] San Agustín, Comentario al Salmo 85, 12: CCL 39, 1136); cf. también Confesiones, X, 6, 9.
[8] San Gregorio de Nisa, Cant. XI,5,2: PG 44,1001.
[9] Celano, Vida Segunda CXVII, 158: Fuentes Franciscanas, n. 742.
[10] Eloi Leclerc, Sagesse d’un Pauvre(Editions Franciscaines, París 1959) 75-78 [tras. esp. Sabiduría de un pobre(Encuentro, Madrid 2007)].

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

Fuente: Zenit

lunes, 10 de diciembre de 2018

¿SE VA LA VIRGEN MARÍA DE MÉXICO?




El video de marzo de 2018


Primero fue la Sra. Adriana Corona Gil, de Guadalajara, que con fecha 19 de marzo del presente año difundió un vídeo que se hizo viral en época de elecciones. En tal vídeo la Sra. afirmaba tener “locuciones” de Nuestro Señor Jesucristo a través de las cuales, el mismo, le comunicaba un mensaje para dar a conocer a otras personas. Ahí mismo afirmaba que tenía “autorización” de su Director Espiritual para difundir tal mensaje y que ella deseaba vivir en obediencia. 

El Padre Andrés Esteban López Ruiz, publicó entonces un escrito en el que aclaró que: 

1.- La Autoridad Competente para discernir sobre “presuntas apariciones y revelaciones” no es el Director Espiritual sino el Ordinario del lugar, es decir, el Obispo diocesano. En este sentido, la supuesta autorización a la que alude la Sra. Adriana Gil no es legítima y constituye una grave imprudencia, de verificarse, de su Director Espiritual. 

La autoridad a la que le corresponde el discernimiento es el Sr. Cardenal José Francisco Robles Ortega por pertenecer ella a la Arquidiócesis de Guadalajara. Es precisamente al Sr. Cardenal José Francisco a quien la Sra. debe ahora someter el juicio respecto a las presuntas “locuciones” que experimenta. Respecto a él, entonces, se verifica la “obediencia” a la que la Sra. manifiesta desear vivir. 

2. Respecto a los criterios que la Iglesia establece para discernir en estos casos, se toman en cuenta algunos aspectos positivos y algunos aspectos negativos. El segundo criterio negativo es enunciado de la siguiente manera: “b) Errores doctrinales que se atribuyen al mismo Dios o a la Santísima Virgen María o a algún santo.” 

En este caso, salvando el único juicio autoritativo en la materia, que le corresponde al Obispo, emito mi opinión teológica como una iluminación. En el contenido del mensaje se dice que: Nuestro Señor Jesucristo nos va a retirar a modo de castigo la presencia de la Virgen María de México sometiéndonos a una gran oscuridad. 

Esta idea es claramente un error doctrinal atribuido al mismo Dios puesto que contradice la fe que la Iglesia profesa en la “maternidad espiritual de María” que es un don irrevocable de Jesús para con todos los hombres a los cuales Jesús vino a salvar (CEC 501). Jesús entrega a María en la cruz al discípulo (Jn 19, 26-27) y al hacerlo le da un don irrevocable de su amor. Decir que Jesús retirará la presencia de María de México es señalar que nos quitará el auxilio de la “maternidad espiritual” de aquella que nos cuida como hijos por designio divino y esto contradice el mismo dato de nuestra Fe. Además de que contradice las palabras mismas de Santa María de Guadalupe, dirigidas al Bienaventurado San Juan Diego: “Que no estoy yo aquí que soy tu madre”. De modo que si Jesús nos ha dado a María para que ejerza una “maternidad espiritual” real y ella misma nos ha manifestado su presencia maternal en nuestras tierras afirmar lo contrario se aparta del “sentido mismo de la fe” que profesamos. 

El comunicado actual: “La mujer vestida de sol”


Ahora está circulando un nuevo escrito, que prescindiendo de cualquier fuente, hace afirmaciones blasfemas como: 

<<Yo Santa María de Guadalupe no estaré más en esta tierra mexicana hasta que haya sido purificada de sus abominaciones e idolatrías. 

Me voy de esta tierra que se paganiza y hace pacto con el maligno; más permanezco en mis pequeños Juan Dieguitos, almas consagradas a mi vuestra madre me quedo y permanezco para consolar, guiar, cuidar y proteger a todos mis hijos mis guerreros valientes vosotros los que en verdad me amáis y sois los retoños de mi corazón inmaculado y de la cruz de mi hijo, mis almas elegidas por vuestra fidelidad y amor a mí y a la Trinidad Sacrosanta […] 

México queda en manos del adversario a quien han llamado y con quien muchos hombres de esta mi tierra han hecho pacto. 

Dejo mi casa terrenal, El Cerrito del Tepeyac para resguardarme en los corazones de mis hijos los que me aman, con vosotros establezco y perpetuo mi pacto y establezco en cada uno de vuestros corazón en mi morada mi casita del Tepeyac.>> 

De este comunicado llama la atención la contradicción ya que "la Virgen se va, pero no se va, se queda en los corazones"; así como la ingenuidad con que es acogido, sin embargo lo que más sorprende es la ignorancia de muchos católicos, que si ya hubieran leído un poco de la Biblia, habría aprendido que “Dios es un Dios fiel”, "fiel a su pueblo y a sus promesas". Estos creyentes, más bien actúan como aquellos paganos que atribuían a sus dioses todos los defectos y pasiones humanas; pero incluso en ese caso habría que considerar si una buena madre abandona a sus hijos cuando estos están en dificultades. Lo peor es que ofenden gravemente a Jesucristo y a su Madre Santísima, al dudar de su lealtad y de sus promesas. 

Consideración histórica


Nunca ha sido tan difícil la situación para los habitantes de los pueblos hispanoamericanos, como la que siguió a los primeros 10 años de la conquista (1521). Todos los pueblos, incluso los que ayudaron al conquistador español fueron sojuzgados, convirtiéndose en esclavos, sus dioses, usos y costumbres fueron prohibidos. Más de 50,000 mexicas murieron como consecuencia de la peste declarada al no haber tierra suficiente donde enterrar sus muertos y de disentería y otros 15,000 fueron ejecutados por los aliados indígenas, que así cobraban las afrentas sufridas. 

La población indígena estaba siendo diezmada rápidamente, ya que de 25 millones que había al momento del arribo de los españoles, para ésta época llegaban a ser cerca de 17 millones. 

<<Para el indígena el mundo, su mundo, se desplomaba delante de sus propios ojos, todo se derrumbaba; todo se hacía nada. Los indígenas eran testigos de que sus dioses en nada habían valido, ¿dónde estaban, en dónde se encontraban ahora que tanto los necesitaban? ¿Dónde estaba el enérgico y recio Huitzilopochctli que tantos sacrificios humanos exigió a cada momento, dónde estaba aquél que era alimentado por los corazones y la sangre de sus hijos? ¿Dónde estaba aquél dios que supuestamente los guiaba con brazo cósmico? Entonces era cierto, luego era verdad, los dioses también habían muerto. 

Uno de los claros signos del estado de trauma que sufría el pueblo indígena fue la embriaguez […]. Ante los hechos una asombrado Motolinia declaraba como los indios “no querían entender otra cosa sino en darse a vicios y pecados” […] “Parece que el demonio a río revuelto introdujo las beoderas y se tomó licencia general que todos pudieran beber hasta caer, y los hombres volverse como brutos, de manera que como cesó la autoridad y poder de los jueces naturales para ejecutar sus oficios, cada uno tuvo licencia de hacer lo que quiso y de irse tras su sensualidad. No iba a ser fácil dignificar a este ser humano abatido, destruido, desmoronado, ante la catástrofe no sólo cultural sino esencialmente religiosa en la que había puesto toda su confianza y era la razón y el sentido de toda su existencia […] 

Otro problema y grave trauma fue el mestizaje; al inicio los indígenas entregaban a sus hijas y hermanas a los “dioses” españoles, pero al final, tampoco ellos amaban a lo engendrado pues era producto de violación. Los españoles, aunque embarazaron a infinidad de muchachas indias, simplemente ignoraron a sus propios descendientes. Condenandolos a ser parias, dolorosamente inadecuados y rechazados por los dos mundos que les habían dado el ser.>>[1]

Los frailes franciscanos y dominicos (12 y 12), eran a todas luces insuficientes para una labor masiva de conversión y protección de los indígenas. El recientemente nombrado arzobispo de México, el fraile franciscano Juan de Zumárraga, sufrió un intento de asesinato por un miembro de la Real Audiencia; por lo que los miembros de la Audiencia fueron excomulgados y se suspendió en culto en la Ciudad de México, marchándose de ella los frailes. 

Ante este panorama es que desesperado fray Juan de Zumárraga escribía a Carlos V: “Asimismo me parece es bien informar a Vuestra Serenísima Majestad de lo que a la fecha en ésta pasa, porque es cosa de tanta calidad, porque si Dios no provee con remedio de su mano está la tierra en punto de perderse totalmente, humanamente era ya imposible, sólo Dios podría sacar adelante a esta nueva tierra.” 

La respuesta de diciembre de 1531


Es en el período de Adviento, es decir, de preparación de la venida de Jesucristo, en el que su madre, María, nombre judío que une al árabe de Guadalupe, se aparece preñada –único caso de aparición de la Virgen esperando a su hijo-, que no se da en otras apariciones y vestida con el manto color turquesa propio de un rey o emperador, habla en náhuatl, al macehual Juan Diego y le deja gravada su imagen en su tilma, imagen que es un perfecto códice, el cual los pobladores del Anáhuac fácilmente podían entender, y lo entendieron y lo difundieron, primeramente el forma oral y después tal vez en forma de códices ya que no les era fácil hacer una pintura al estilo europeo. 

Que la población indígena encontró una nueva razón de vivir, un nuevo sentido a su vida, es un hecho. Se estima que las conversiones al cristianismo fueron de ocho a nueve millones en tan sólo siete años. Los frailes no se darían abasto para bautizar a tantos indígenas que querían abrazar el cristianismo. 

En la siguiente década la población indígena empezaría nuevamente a aumentar, y los mestizos empezarían a ser aceptados, constituyendo la base de una nueva nación. 

La Guadalupana sólo expresó un deseo o petición: “Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos y remediar todas sus miserias, penas y dolores.”

Y así ha sido por 487 años, pese a invasiones, gobiernos masónicos y persecuciones.


[1] Eduardo Chávez Sánchez, La Verdad de Guadalupe, Litográfica FCA, S,A. de C.V., 3ª.edición, México, 2012

sábado, 8 de diciembre de 2018

¡LA VIDA ES ESPERA!

         

Padre Raniero Cantalamessa | 1° diciembre 2018

Jeremías 33 14-16;
1 Tesalonicenses 3, 12-4,2;
Lucas 21, 25-28.34-36

El otoño es el tiempo ideal para meditar sobre los temas humanos. Tenemos ante nosotros el espectáculo anual de las hojas que caen de los árboles. Desde siempre se ha visto en él una imagen del destino humano. Una generación viene, una generación se va... 

¿Pero es de verdad éste nuestro destino final? ¿Más mísero que el de los árboles? El árbol, después del deshoje, en primavera vuelve a florecer; el hombre en cambio, una vez que ha caído en tierra, ya no ve la luz. Al menos, no la luz de este mundo... Las lecturas del domingo nos ayudan a dar una respuesta a la que es la más angustiosa y la más humana de las cuestiones. 

Recuerdo haber visto de niño, en una película o en un tebeo de aventuras, una escena que se me quedó fijada para siempre. Es por la noche y se ha caído un puente del ferrocarril; un tren, ignorante, llega a toda velocidad; el guardavías se pone entre éstas gritando: «¡Detente! ¡Detente!», agitando una linterna para señalar el peligro; pero el maquinista está distraído y no lo ve, y avanza arrastrando el tren al río... No querría cargar las tintas, pero me parece una imagen de nuestra sociedad, que avanza frenéticamente al ritmo de rock‘n roll, desatendiendo todas las señales de alarma que provienen no sólo de la Iglesia, sino de muchas personas que sienten la responsabilidad del futuro... 

Con el primer domingo de Adviento comienza un nuevo año litúrgico. El Evangelio que nos acompañará en el curso de este año, ciclo C, es el de Lucas. La Iglesia acoge la ocasión de estos momentos fuertes, de paso, de un año al otro, de una estación a otra, para invitarnos a detenernos un instante, a observar nuestro rumbo, a plantearnos las preguntas que cuentan: «¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? Y sobre todo, ¿adónde vamos?». 

En las lecturas de la Misa dominical, todos los verbos están en futuro. En la primera lectura escuchamos estas palabras de Jeremías: «Mirad que días vienen –oráculo del Señor– en que confirmaré la buena palabra que dije a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquella sazón haré brotar para David un Germen justo...».

A esta espera, realizada con la venida del Mesías, el pasaje evangélico le da un horizonte o contenido nuevo, que es el retorno glorioso de Cristo al final de los tiempos. «Las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria». 

Son tonos e imágenes apocalípticas, de catástrofe. Sin embargo se trata de un mensaje de consuelo y de esperanza. Nos dicen que no estamos caminando hacia un vacío y un silencio eternos, sino hacia un encuentro, el encuentro con Aquel que nos ha creado y que nos ama más que un padre y una madre. En otro lugar el propio Apocalipsis describe este evento final de la historia como una entrada al banquete nupcial. Basta con recordar la parábola de las diez vírgenes que entran con el esposo en la sala nupcial, o la imagen de Dios que, en el umbral de la otra vida, nos espera para enjugar la última lágrima que penda de nuestros ojos. 

Desde el punto de vista cristiano, toda la historia humana es una larga espera. Antes de Cristo se esperaba su venida; después de Él se espera su retorno glorioso al final de los tiempos. Precisamente por esto el tiempo de Adviento tiene algo muy importante que decirnos para nuestra vida. Un gran autor español, Calderón de la Barca, escribió un célebre drama titulado La vida es sueño. Con igual verdad se debe decir: ¡la vida es espera! Es interesante que éste sea justamente el tema de una de las obras teatrales más famosas de nuestro tiempo: Esperando a Godot, de Samuel Beckett... 

Cuando una mujer está embarazada se dice que «espera» un niño; los despachos de personas importantes tienen «sala de espera». Pensándolo bien, la vida misma es una sala de espera. Nos impacientamos cuando estamos obligados a esperar una visita o una experiencia. Pero ¡ay si dejáramos de esperar algo! Una persona que ya no espera nada de la vida está muerta. La vida es espera, pero es también cierto lo contrario: ¡la espera es vida! 

¿Qué diferencia la espera del creyente de cualquier otra espera, por ejemplo, de la espera de los dos personas que aguardan a Godot? Ahí se espera a un misterioso personaje (que después, según algunos, sería precisamente Dios, God, en inglés), pero sin certeza alguna de que llegue de verdad. Debía acudir por la mañana, envía a decir que irá por la tarde; en ese momento dice que no puede ir, pero que lo hará con seguridad por la noche, y por la noche que tal vez irá a la mañana siguiente... Y los dos pobrecillos están condenados a esperarle; no tienen alternativa.

No es así para el cristiano. Éste espera a uno que ya ha venido y que camina a su lado. Por esto, después del primer domingo de Adviento, en el que se presenta el retorno final de Cristo, en los domingos sucesivos escucharemos a Juan Bautista que nos habla de su presencia en medio de nosotros: «¡En medio de vosotros -dice- hay uno a quien no conocéis!». Jesús está presente en medio de nosotros no sólo en la Eucaristía, en la palabra, en los pobres, en la Iglesia... sino que, por gracia, vive en nuestros corazones y el creyente lo experimenta. 

La del cristiano no es una espera vacía, un dejar pasar el tiempo. En el Evangelio del domingo Jesús dice también cómo debe ser la espera de los discípulos, cómo deben comportarse entretanto, a fin de no verse sorprendidos: «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida... Estad en vela, pues, orando en todo tiempo...». 

Pero de estos deberes morales tendremos ocasión de hablar en otros momentos. Termino con un recuerdo cinematográfico. Hay dos grandes historias de iceberg llevadas a la gran pantalla. Una es la del Titanic, que conocemos bien..., la otra la relata la película de Kevin Kostner Rapa Nui, de hace algunos años. Una leyenda de la isla de Pascua, situada en el Océano Pacífico, dice que el iceberg es en realidad una nave que cada ciertos años o siglos pasa junto a la isla para permitir al rey o al héroe del lugar encaramarse a ella e ir hacia el reino de la inmortalidad. 

Existe un iceberg en la ruta de cada uno de nosotros, la hermana muerte. Podemos fingir que no lo vemos o no pensar en ello como la gente despreocupada que, en el Titanic, estaba de fiesta esa noche, o podemos estar preparados para subirnos y dejarnos conducir hacia el reino de los santos. El tiempo de Adviento debería servir también para esto...

Primera predicación del P. Raniero Cantalamessa, Ofmcap | 1° diciembre 2018