jueves, 20 de mayo de 2021

EL CISMA ALEMÁN: BENDICIONES A PAREJAS HOMOSEXUALES

El problema es mayor que unas simples iniciativas parroquiales, porque anida en el llamado Camino Sinodal emprendido por la Iglesia alemana en diciembre del 2019, cuyo programa ya era una declaración de principios.





Editorial | 13 mayo, 2021

El hecho es de una gravedad histórica: un centenar de templos parroquiales de Alemania han impartido a lo largo de esta semana bendiciones a parejas homosexuales. Lo han hecho de una forma programada, como una campaña que ha incorporado el ondear banderas del homosexualismo político en los templos y cubrir en algunos casos el altar con ellas

Ha sido la respuesta gestada, sobre todo, a partir de dos sacerdotes homosexuales, según su propia declaración, Burkhard Hose y Bernd Mönkebüscher, que comenzaron la agitación con un manifiesto que recogió unas 2.500 firmas, solo eso. Era la respuesta a la nota del 15 de marzo de la Congregación para la Doctrina de la Fe en la que se vetaba explícitamente este tipo de bendiciones. Pero el problema es mayor que unas simples iniciativas parroquiales, porque anida en el llamado Camino Sinodal emprendido por la Iglesia alemana en diciembre del 2019, cuyo programa ya era una declaración de principios.

En un mundo como el actual, marcado por el problema de la inmigración hacia Europa, una tragedia que está lejos de resolverse, el crecimiento de la desigualdad y la pobreza, los estragos y las enseñanzas de la pandemia, la crisis de una juventud desnortada porque la sociedad es incapaz de aportar un horizonte de sentido, las dificultades de la propia Iglesia alemana para guiar a sus conciudadanos hacia el misterio de Dios, los temas elegidos por el Camino Sinodal, eran nada menos que el celibato sacerdotal, la moral sexual, la distribución del poder dentro de la Iglesia y el papel de las mujeres en las instituciones, no de los laicos, el de las mujeres. Era, ni más ni menos, la agenda de la élite satisfecha que gira en torno a la moral desvinculada, que convierte la satisfacción del deseo y, especialmente el sexual, en el primer bien y la primera categoría política

Se trata, por consiguiente, de un problema profundo, de una clara desobediencia al propio Papa. No basta con una Latae sententiae, que considera ex comunicados en el fuero interno a quienes han practicado tal hecho de manera automática, porque lo que se ha producido es un escándalo público y, por tanto, la reparación ha de ser también a este mismo nivel. Se ha de otorgar a quienes han desobedecido un margen razonable y a la vez corto de tiempo, un mes por ejemplo, para llamarlos a la humildad, a la reconciliación, a la penitencia y a la restitución del daño causado. Porque la Iglesia no es suya, y no pueden hacer con ella lo que crean, aunque sea en conciencia.

Si discrepan de la doctrina de la fe y no pueden aceptarlo, lo que deberían hacer es apartarse, en lugar de intentar imponer su particular visión al pueblo de Dios, porque este está extendido en todo el mundo, es católico. Empezó su viaje a través de él hace más de 2000 años. Sus acuerdos fundamentales no son propiedad de ningún grupo de sacerdotes o cardenales, ni tan siquiera el Papá puede remover el depósito de la fe. De ahí que la autoridad debe aplicarse para evitar que siga prosperando la confusión y el mal ejemplo. Si no rectifican son cismáticos sin matices, y deben ser excluidos de la Iglesia.

Es necesario recordar lo que dice San Pablo en Romanos 7,22: Si sigo la razón me gusta cumplir la ley de Dios, pero veo en los miembros de mi cuerpo otra ley que combate contra la ley de mi razón y me tiene prisionero, es la ley del pecado que llevo dentro del mí”. La ley del pecado debe ser en este caso expulsada de la Iglesia, como así ha sido con otros pecados. Porque no se trata en último término de la homosexualidad, sino de la desobediencia radical, y el escándalo firmemente buscado.

El caballo de batalla de este cisma potencial es el poder homosexual, que no se refiere a todas las personas homosexuales ni mucho menos, sino a aquellas que siéndolo y aquellas otras que no lo son pero que han hecho de la identidad sexual practicada su proyecto político, a caballo de la ideología de género. Es lo que desde hace años desde Forum Libertas calificamos como homosexualismo político, que constituye una opción ideológica más, de carácter identitario, que cuenta con su organización, incluso con su bandera, y que intenta transformar a la sociedad, y también a la Iglesia, a su medida. Es un gran absurdo histórico que dice mucho de la decadencia de nuestra sociedad al aceptarlo como proyecto colectivo. Si un homosexual es católico ya sabe cuál es su camino. Si no lo es, debe adoptar aquel que considere más adecuado, pero lo que no puede hacer es transformar su creencia personal en categoría política, y perseguir que toda la sociedad y sus instituciones, que tienen una lógica que trasciende a las personas y al momento actual, se adapten a él. Y si opta por esta vía entonces no queda otra opción que luchar democráticamente y con decisión por la verdad y por la razón histórica y la antropología que nos constituye como humanidad. El homosexualismo político es una forma de separatismo ideológico, de construir una sociedad que nada tiene que ver, no solo con la tradición europea, sino con la tradición humana universal.

Si no se da el acto de reconciliación, de reparación del daño causado, debe producirse la separación de quienes se han apartado de una manera tan provocadora y escandalosa de la fe. Pero esto no basta, la propia Iglesia alemana, la mayor parte de la Iglesia europea, debe realizar con urgencia un proceso de penitencia, oración, reflexión y corrección de sus pecados. Pecados de trivialidad y de déficit al afrontar la cultura malsana que impera cada vez más en Europa, de no fortalecer en la fe a las comunidades católicas para configurar realmente el pueblo de Dios. De no trabajar lo suficiente para evangelizar y extender su Reino. De no practicar la denuncia profética. De no situar a Jesucristo en el eje de toda persona y colectivo. ¿Cuántas escuelas, universidades católicas, movimientos, organizaciones diocesanas, incluso parroquias, viven de lado o de espaldas a la Cruz, en lugar de tenerla como centro y como guía? Esa es también la gran reflexión penitencial que debemos hacer todos en Europa, y España no es una excepción.



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